jueves, 29 de noviembre de 2007

Un acercamiento a Adam Smith y a su construcción económica de la sociedad capitalista.

Introducción.

En este blog, creado por Nuria, intentaré acercarme a la vida y pensamiento del filosofo economista y escritor, Adam Smith, basándonos en un estudio realizado por Manuel Montalvo sobre una de sus obras más importantes: “La riqueza de las naciones”. De esto modo espero que puedan entender la visión de la sociedad que Adam Smith dejó sobre la época en la que vivió, así como el funcionamiento económico que hacia progresar dicha sociedad. También apreciaran la importancia de las ideas innovadoras de este autor, ideas que por otro lado considero que son básicas en nuestro actual pensamiento económico, y con las que creó que todos estamos familiarizados. Invitó a todos a que lo verifiquen y comenten tras la lectura del blog.


Biografía.

Mientras en 1723 se firmaba el tratado de paz entre España y Austria, en Kirkcaldy, costa oeste de Escocia, nacía Adam Smith. Bautizado el cinco de junio de este mismo año y registrado como hijo póstumo de Adam Smith, funcionario de la Corte Marcial y Controlador de Aduanas, y de Margaret Douglas.

Con sólo catorce años se matricula en la Universidad de Glasglow, después de haber cursados los estudios básicos en su ciudad natal. Recibirá entonces el magisterio de Francis Hutcheson, miembro de la Escuela Escocesa, y uno de los fundadores de la Ilustración Escocesa. Cuando, en 1740, se inicia la guerra entre España e Inglaterra, Adam Smith ingresa en la Universidad de Oxford, donde se percatará del ambiente anti-escocés de la Universidad y donde aprenderá profundamente sobre literatura inglesa y francesa.

Sus amigos Lord Kames y James Oswald of Dunnikier, entre otros, le invitarán a dar unas conferencias públicas sobre retórica y bellas letras en Edimburgo, y gracias a estas y a la magnifica reputación conseguida con ellas, Adam Smith logra en 1751 ocupar la Cátedra de Lógica de la Universidad de Glasglow.

Unos años más tarde las lecturas realizadas desde la cátedra de Moral son ampliadas y publicadas bajo el título: “Considerations Concerning the firts Formation of Lengauge”, que serán más tarde reeditadas dentro del libro de la “Teoría de los sentimientos morales”, que se publica en 1759, con dicha obra se ganó la fama ya que gozó del beneplácito del público. Alcanzó tanta fama que su amigo Hume le advirtió sobre la misma con la siguiente frase:
Suponiendo, por tanto, que estás debidamente preparado para lo peor de estas reflexiones, procedo a decirte tristes noticias, pues tu libro ha sido muy desafortunado, ya que el público parece dispuesto a aplaudirlo extremadamente” (corresponde a la carta fechada del 12 del 4 de 1759, según el autor Manuel Montalvo, Adam Smith (1723-1790), página 9, ediciones del Orto, 1997).
Esta obra se llegó a editar hasta en cuatro ocasiones durante la vida del escritor, algo ciertamente inusual en su época.

En torno al año 1764 renuncia a su cátedra debido a que ocupa un nuevo puesto de trabajo que le reportará más de 300 libras anuales para el resto de su vida, y gracias al cual viajará por Europa. Su nuevo oficio fue ser el tutor del joven Duque de Buccleuch, cuya madre, la condesa de Dalkeit, una vez viuda había contraído matrimonio con el protector de Adam Smith, Charles Townhend. Ser tutor del joven hará que se traslade a Francia, donde permanecerá por dos años, en los que en Génova, conocerá a Voltaire, del cual llegó a afirmar: “El más universal genio que quizá que Francia jamás haya dado”.
Su buena fama, contrarrestada por su amigo Hume, le permitió entrar en los salones de París, donde conocerá a importantes personajes como D` Alambert, Holbach, Quesnay y Mirabeau, estos dos últimos son los fundadores de la fisiocracia, cuyas ideas influirán en el desarrollo del pensamiento del escritor.

En 1767 regresa a su tierra natal, donde llevará a cabo un importante estudio que le llevará más de seis años, y que tendrán como resultado una de sus obras más importantes: “La riqueza de las naciones”, obra que su publica en 1776 y de la que Adam Smith verá hasta cuatro ediciones. Es en este mismo año cuando Inglaterra pierde a uno de sus mayores pensadores y Adam Smith a uno de sus mejores amigos, David Hume.

En 1778, el duque de Buccleuch le nombra Comisario de Aduanas, por lo que recibirá unas 600 libras anuales que se añaden a las 300 que ya recibe por ser el tutor del duque.
El 17 de junio de 1790 Adam Smith fallece en Edimburgo.



Obras de Adam Smith: “La riqueza de las naciones”.

1. Ideas básicas del pensamiento económico.

Las obras de Adam Smith están claramente influenciadas por el pensamiento de los fisiócratas, de los que Smith asume diversas ideas básicas para desarrollar su propio pensamiento.
Para Adam Smith las relaciones de dependencia que surgen entre seres humanos que viven en común, cuando se sitúan en el terreno de la riqueza, se convierten en relaciones objetivadas en las leyes de mercado en unos individuos que ofrecen un bien y otros lo requieren y en donde nadie depende de nadie, sino del propio mercado. Esto es un hecho normal en las relaciones comerciales:

“ Cada comerciante o manufacturero deriva su supervivencia de la relación no con uno sino con cientos o miles de clientes diferentes. Aunque en alguna medida está obligado a todos ellos, no depende de ninguno de ellos.” (La riqueza de las naciones, III, iv, 12).

Destaca en el pensamiento económico de Smith el abandono de las ideas filosóficas, para ser sustituidas por conceptos puramente económicos, que a falta de otras ventajas tienen un mayor contenido empírico, un referente más o menos cercano a la realidad, ya que aluden a la supervivencia y tratan de hallar las razones que promueven el progreso.

En la obra “La riqueza de las naciones” Smith presenta a un trabajador con la humildad que le corresponde al salario, a un propietario con la solemnidad y lujo que le corresponde a la propiedad de la tierra, y a u manufacturero con el decoro y la dignidad que da la razón productiva del beneficio.
Adam Smith tratará, en sus obras, de entender el funcionamiento del ser humano, las relaciones entre sí y le modo en que le afectan las legitimidades, en el caso de la economía las legitimidades en el mercado.

Para los fisiócratas la idea básica reside en la red de intercambios que se forma en le mercado y que viene determinada por ciertas leyes económicas que escapan a la voluntad del hombre, y que a su ves gobiernan la forma y el desarrollo del orden económico y que son el fundamente del orden social en su totalidad, siendo estos ordenes vacíos sino se establece el origen de la riqueza. Para los creadores de esta corriente del pensamiento, el origen de la riqueza no puede ser otro que la Agricultura, pero para Adam Smith, que sigue esta corriente de pensamiento, el origen de la riqueza es el trabajo, por lo que convierte la metáfora del cuerpo humano en la metáfora de la máquina.

2. La división del trabajo.

El escritor considera que todo trabajo es fuente de energía, y no ha de ser diferente en el proceso económico, donde todo trabajo aplicado, ya sea a las labores agrícolas o las manufacturas, se convierte en mayor producción. El trabajo para Smith es una fuerza, algo diferente a la fuerza que aplicada a un cuerpo origina el movimiento de ese cuerpo, pues, aplicada a una labor o industria, crea riqueza.

Conforme el trabajo se divide, las tareas se diversifican en la producción de un bien, y la producción crece sin más límite o frontera que la extensión del mercado. Dicho proceso no admite ninguna clase de especialidad, se da en todas las ramificaciones productivas, para todos los bienes y producciones, y afecta a toda la sociedad en su conjunto. Una consecuencia de dicha división de trabajo es la necesidad de más maquinaria, lo que a se vez supone una mayor cantidad de capital para invertir en dicha maquinaria.

Para que esta división del trabajo sea posible deben reunirse dos factores:
- La cantidad suficiente de población: idea que Adam Smith no considera totalmente necesaria para la división del trabajo. Esto se vio favorecido por el abandono del campo, por aquellas personas desposeídas de tierras, para trasladarse a la ciudad haciéndolas crecer, y creando una mayor mano de obra a ocuparse en las industrias manufactureras para su propia supervivencia, así como implicaba una necesidad de producir más para cubrir las necesidades de estos nuevos habitantes.
- Extensión del mercado.

3. El mercado.

La extensión del mercado si podía suponer una limitación importante, debido y según Smith a que la ampliación de una sociedad capitalista no podía producirse si no existía una demanda capaz de absorber una producción de bienes crecientes.

El problema que se plantea aquí es tan simple como que en esta época no existía el mercado como tal, como lo conocemos hoy en día. En el período de tiempo que vivió el economista Adam Smith, el mercado se correspondía con una economía autosuficiente, con una oferta y una demanda ocasionales y limitadas a unos eventuales excedentes y que se entiende en una sociedad en transición, de una época feudal a una época moderna; la idea de mercado capitalista no existe como tal. Por que lo que se puede decir que se habla de una entidad física (mercado limitado) y de una metafísica (mercado capitalista), Adam Smith sustituye uno por otro, y para asentar su idea de mercado dota al hombre de una especie de ánima mercantil, es decir, el hombre se despoja de sus sentimientos de benevolencia, de amor, para ser un simple hombre comerciante, cuya única actividad relevante para la sociedad en la que vive es vender y comprar estimulado por el ánimo de lucro.

Lo que en realidad pretendía el escritor era hacer depender la división del trabajo de la ánima mercantil del hombre, de la necesidad humana de cambiar se deriva la división del trabajo, el aumento de la producción y el progreso de la sociedad, a través de justificaciones históricas que además de no corresponderse con la realidad, son inexistentes. Consciente de esto Adam Smith, tiene que afirmar que el hombre se mueve por sus propios interés, es por lo tanto un ser egoísta:

No es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de la que esperamos nuestra cena, sino del cuidado que ponen en su propio interés. No nos dirigimos hacia su humanidad sino hacia su egoísmo, jamás le hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas.”

La división del trabajo cabe señalar (veáse Manuel Montalvo, idem, página 37) que se hace atendiendo a factores biológicos y etnológicos, en el primer caso entran en juego el sexo (determinante para establecer la diferenciación de las tareas económicas y de las funciones sociales) y la edad (relacionada con el vigor y la fuerza de un segmento concreto de la población), y en el segundo cabe destacar que hay una pequeña minoría que se ha encargado de controlar y de gobernar, encargándose el resto de la población de las actividades productivas más arriesgadas.

En cuanto a la máxima del lucro a través del intercambio de bienes, no puede decirse que haya sido una postura hegemónica, sino que más bien a existido lo que se conoce como gift excahnge (veáse Manuel Montalvo, idem, página 38), y que consiste con entregar algo a cambio de la promesa de recibir algún otro bien, que no tenía porque tener un valor equivalente.

4. La teoría del valor.

Para que los bienes puedan negociarse en el mercado, es necesario que tengan valor, una dimensión objetiva que forme parte de todos los bienes, y que pueda ser medibel. Del mismo modo que la producción tiene un valor, o al menos ha de tenerlo, el proceso productivo también, es decir, el trabajo tiene que tener un valor asignado. Este hecho es conocido como teoría del valor trabajo.

Adam Smith desarrollará su teoría basándose en las ideas materialistas, recurriendo a la historia para demostrar que la teoría del valor trabajo, se encontraba ya vigente en los primeros vestigios de la sociedad., poniendo como ejemplo a las sociedades cazadoras, en las que el intercambio de presas se hacía según el trabajo que hubiera costado abatirlas.

“Si generalmente matar un castor cuesta el doble de trabajo que un ciervo, un castor debería naturalmente cambiarse o ser valorado por dos ciervos.”

“En el estado avanzado de la sociedad estas compensaciones por esfuerzo y destreza se hallan comúnmente incorporadas en los salarios del trabajo, y algo similar tuvo probablemente lugar en su estado más primitivo.”


La complejidad ideológica surgida de la teoría del valor trabajo reside en que por primera vez en el pensamiento se reconocía que el valor de la producción social procedía de los trabajadores, de sus esfuerzos, del trabajo de sus propias manos, y se afirmaba mediante un lenguaje y una ciencia, que nada tenían que ver con ideales religiosos o bien intencionados, que pertenecía a la nueva sociedad.

Esta idea, originaria de Adam Smith en su totalidad, se manifestaba claramente contraria a los interés de la burguesía y podía llegar a ser interpretada como los principios de un posible pensamiento revolucionario, por lo que pronto está teoría del valor trabajo se consideró falsa y socialmente peligrosa, atacando a todos aquellos que tras Adam Smith la asumieron como coherente y racional, y que por su puesto será asumida más adelante por anarquistas, socialistas utópicos y marxistas para atacar a las sociedades puramente capitalistas. Pese a todo es una idea que históricamente carece de fundamentos, puesto que no consta ni hay medios suficientes para comprobar que esto fuera así, lo que permite situar la idea de Smith como pionera de la estructura social y económica, así como del pensamiento de nuestros días.

Teniendo todo esto en cuenta podemos decir que esta teoría implantada y creada por Adam Smith, además de ser una idea original, creativa y lejos de la influencia de otras vertientes del pensamiento, es una idea revolucionaria.

5. El mecanismo productivo.

El modelo de funcionamiento productivo sigue las siguientes fases:
- Producción.
- Distribución.
- Cambio.
- Consumo.

A Adam Smith, como a todos los autores clásicos, solo le interesan las tres fases primeras, ya que el consumo es un hecho pasivo que carece de relevancia social, idea totalmente contraria al pensamiento actual en el que el consumo es de suma importancia para poder llevar a cabo la producción, y por supuesto la distribución y el cambio.


Para los economistas clásicos, como Adam Smith, el verdadero impulso que hace mover la sociedad se encuentra ante todo en la producción, siendo esta la fase más importante, a la cual la sigue la distribución en la que cada individuo recibe una parte de lo producido de acuerdo con la propiedad que ha invertido en el proceso productivo, y por último la fase del cambio en la que se reparte los bienes de acuerdo a las necesidades de demanda y a las individuales.

Debido a esto se han de jerarquizar los recursos productivos, siendo el más importante para Adam Smith, el trabajo, una propiedad de trabajo que se ve sometida a los comerciantes, manufactureros y arrendatarios de tierras. Ante esta situación y para que la producción y el trabajo en sí mismo no se vea tan afectado por lo anteriormente fijado, Adam Smith crea la idea de un salario mínimo para la supervivencia de estos trabajadores que se ven sometidos a las necesidades de mercado, y para que a la vez, siempre haya una mínima producción aunque está no sea requerida por las necesidades de mercado. Carlos Marx (R. Fiorito, División del trabajo y teoría del valor: una lectura marxista de Adam Smith, Comunicación, serie B, 1971), refleja en líneas generales la idea que Adan Smith quiere hacernos llegar:

La sociedad actual presenta justamente la paradójica demanda de que haya de sufrir abstinencia aquél para quien el intercambio es un medio de subsistencia, y no aquél para quien es un medio de enriquecimiento. . .”

La idea básica que plantea aquí Smith es la siguiente: que al venir formulada la sociedad desde el mercado, el desarrollo social dependerá de la extensión del mercado, que a su vez condiciona la división del trabajo. La extensión del mercado depende de los comerciantes, manufactureros y arrendatarios de la tierra, que a su vez se encargan de la contratación de trabajadores.

Destaca Smith, como conclusión final a dichas apreciaciones, que los intereses de estos manufactureros, comerciantes y arrendatarios no coinciden con los intereses generales de la sociedad en su conjunto más amplio.
Por lo tanto el interés de estos no puede ser otro que la máxima ganancia, lo que no pueden conseguir si la producción no aumenta y sino se rompen las limitaciones del mercado en el que se movían. Hay que señalar que estos planes de ampliación del mercado no entran en juego para los capitalistas, que lo único que tratan es de obtener un beneficio lo más alto posible, sin importarles los intereses de la sociedad, prueba de ello es que tratan de evadirse de aquellas leyes de competencia económica que les otorgan y les limitan a un beneficio mínimo, y para ello intentaban que el precio de venta fuera impuesto por su propio poder para así alcanzar sus interés.

Para Adam Smith poner un precio superior al que de verdad debería de ser, equivale a establecer un impuesto sobre la comunidad, para hacer que todos fueran iguales en el mercado.

Una vez establecido el orden social, le compete a Adam Smith establecer las funciones básicas del Gobierno Civil, para finalizar y rematar sus escritos.
El Gobierno Civil debe ante todo defender los derechos de propiedad, y la libertad de disposición de la misma. Además debe establecer para salvaguardar este derecho de propiedad unas rúbricas de gasto público muy concretas.
El gasto público debe incluir:
- La defensa del orden interno y externo: son los únicos gastos que pueden ser financiados por una imposición puesto que se refieren a la defensa de la sociedad y a la dignidad del soberano.
- Gastos de justicia: pueden ser pagados por particulares.
- Gastos de expansión del mercado: pueden ser pagados por particulares.
- Gastos de educación e instrucción religiosa: pueden ser pagados por particulares.

De esta forma Smith frena la idea de en Estado mínimo y liberal a la realidad de un Estado que sin cortapisa alguna impone impuestos y gasta en sustitución de una sociedad que carece de las facultades necesarias para ser libre.
Esta idea de Estado liberal de Smith es una nueva filosofía de Estado, consecuente con la nueva sociedad que no requiere sino de sus propios impulsos para progresar.

Conclusión de la obra de Adam Smith.

“ La riqueza de las naciones” se caracteriza por ser la primera obra en la que un filosófo formula la sociedad de una forma tan precisa y penetrante, además formula a la sociedad burguesa desde un lenguaje empleado por vez primera y que hace que la obra de Adam Smith se sitúe como relevante para la historia de las ideas y por supuesto para el pensamiento económico, creando a su vez una nueva discinplina conocida como Economía Política en la que ambas doctrinas se intercalan motivadas por una fuerte interdependencia.

El papel del pensamiento de Adam Smith es central tanto de la constitución de la economía política como en la formación de la concepción de la burguesía en su fase revolucionaria. A partir de su lectura se llega a una clarificación de la naturaleza del capitalismo en su papel histórico y a la necesidad de su liquidación (veáse, R. Fiorito, idem).

miércoles, 21 de noviembre de 2007

CONCEPCIONES ECONÓMICAS MODERNAS: LOS ARBITRISTAS, NECESIDAD DE INNOVACIÓN E INFLUJO MERCANTILISTA EN ESPAÑA




1. Introducción


Esta semana, siguiendo el hilo de las clases, nos propondremos dar cuenta de un episodio comúnmente desconocido, o en todo caso no valorado en toda su profundidad e importancia, que sin duda alguna modeló el devenir de una de las economías fundamentales a nivel mundial en el intersticio que media entre los siglos XV y XVIII. Para ponernos en situación, resulta necesario especificar que hablaremos dentro del ámbito de la España de los Habsburgo, un ente político, territorial y social con muchas caras distintas y sin embargo, determinado por una mentalidad concreta y muy común a la mayoría de estados europeos de la época: la existencia de un rotundo poder real, tachado por muchos investigadores como autocrático, en torno al que giraban todos los intereses de una patria de muchas patrias como era aquella España. Corona de coronas, reinado sobre muchos reinos, la monarquía hispánica se constituía de un mar de regiones, representantes, ciudades e intereses muchas veces contradictorios, que tenían como única solución de continuidad estatal la figura de un monarca al que recurrir, en pos de hallar las soluciones que apremiaban al ambicioso escenario imperial, donde actuaba con mejor o peor fortuna una monarquía ansiosa por dominar el mundo. Dentro de estas coordenadas, en una época donde el pensamiento económico (en terminología actual) no podía desligarse de las medidas prácticas y la coyuntura del momento, y mucho menos de las reglas sociales y políticas, surge un movimiento heterogéneo y sin una ideología clara, conocido en la actualidad como “arbitrismo”.

2. Primeros arbitristas: cuestiones generales y aproximación al arbitrismo fiscal

El llamarlo movimiento es ya de por sí una osadía del presente. En realidad, se trataba de intelectuales, letrados o gentes varias con ánimo de notoriedad o verdaderas ganas de colaborar que, bien ostentaran cargos funcionariales cercanos a la corte y al monarca, bien fueran gentes relacionadas con el comercio y entendidas en asuntos financieros, desde la autoridad que les daban sus responsabilidades, sus conocimientos o simplemente sus ganas, intentaban solucionar los “problemas de la patria” a través de sus reflexiones, plasmadas en tratados, epístolas o dichos de viva voz, y que recibían el nombre de arbitrios. La propia palabra “arbitrio” (del latín arbitrium, arbitrii), con su significado nos indica la existencia de una voluntad individual, y de la capacidad de intervenir en algo en base a la propia opinión. En efecto, en la concepción del Estado existente en la primera Edad Moderna, desde los altos funcionarios hasta cualquier villano, eran todos servidores del rey, y como si de una relación feudal se tratara, se sentían en la obligación de dar su consilium a “Su Católica Majestad”, en justo pago por el auxilium que ésta les proporcionaba a cambio en forma de mercedes, exenciones fiscales o cualquier otro privilegio (véase Alfredo Alvar, La economía en la España moderna, "VI. Arbitristas y arbitrismos. Textos y análisis", Istmo, 2006, Madrid, pp. 376,377).

Quizá, el nexo de unión entre los protagonistas de este singular fenómeno, podamos encontrarlo en un hecho bastante pragmático: el deseo de que engordaran las arcas reales a través de los derechos regios, sin renunciar por ello a que aumentaran de peso los bolsillos de los vasallos serviciales. Dicho con esta prontitud, no parece que hablemos de un fenómeno intelectual propiamente dicho, pero los cierto es que la arbitrariedad con que actuaban y juzgaban estos personajes fue rasgo fundamental de sus intervenciones, cuyo valor reside fundamentalmente en la falta de un pensamiento económico integral que determinase las labores del Consejo Real de Hacienda. Debido a esta precariedad de la planificación del Estado, el rey se mostraba dispuesto a escuchar las proposiciones que sus súbditos le elevasen en ausencia de ideas mejores. Por tanto, el surgimiento del arbitrismo se encuentra estrechamente ligado a las necesidades del monarca y a la coyuntura social y política de los diferentes reinados. Para hacernos una idea, podemos entender como primeras muestras de este arbitrismo tan español y castellano, las Cortes de Toledo de 1538, cuando Carlos V no logra que el estamento nobiliario de Castilla contribuya a las arcas reales. En este particular episodio, los nobles, deferentes con su monarca pero al mismo tiempo celosos de su estatus, no se niegan a pagar inexorablemente las contribuciones que se les pide, sino que proponen al rey otras vías de incautación de impuestos fuera del ámbito de las Cortes, con las que salir todos beneficiados (véase Alfredo Alvar, ibid., pp. 378-379). Nos damos cuenta de la importancia que esto supone; los arbitristas, desde su individualización de los problemas de Estado, un patrimonio que a efectos prácticamente se consideraba familiar o dinástico de los Habsburgo, cambian los cauces de actuación de las instituciones postulándose como consejeros de buena voluntad del rey, personalizando y reduciendo al clientelismo los problemas de la patria. Así mismo, el propio mecanismo de los arbitrios requería la existencia de regalías, es decir, bienes regios administrados por el monarca sin la intervención de las Cortes.

En la práctica, el arbitrio se convirtió en una herramienta secreta amparada en actividades lucrativas que beneficiaban a individuos, al tiempo que el rey lograba dar salida de forma rápida y extraoficial a sus acuciantes problemas. Bien es sabido que, por ejemplo, Felipe II acrecentó en castilla 420 oficios municipales, con el único fin de venderlos a cambio de esos servicios extraordinarios que estaban deseosos de ofrecer cientos de súbditos ansiosos por medrar. Teniendo en cuenta que bienes de regalía podían ser elementos clave para el funcionamiento del Estado como la acuñación de moneda, el cobro de alcabalas o los impuestos a las actividades mineras, podemos suponer sin mayor recurso a la imaginación que al final, el funcionamiento del Estado quedaba supeditado a intereses personales (véase A. Alvar, idem). Es importante, además, reseñar el carácter secreto de los arbitrios; siguiendo el mecanismo de las audiencias reales, el súbdito deseoso de elevar su arbitrio al rey, intentaba buscar la ocasión más oportuna o enviar a la persona adecuada que mediase por él, para establecer un contacto directo con la cabeza del Estado sin que ningún oficial real o funcionario tuviese noticia de las características de sus reflexiones y pudiera apropiárselas. Muchas veces, el fin del arbitrista era el de establecer una relación personal con el monarca que pudiera beneficiarle para sus propios intereses, por lo que la astucia y el don de la oportunidad eran los elementos esenciales del proceso; se trataba fundamentalmente de hacerse parecer necesario ante los ojos del monarca.

Este carácter esquivo de los arbitristas es una de las causas fundamentales de la pérdida de documentos al respecto, pues muchas veces las proposiciones al monarca se hacían de palabra (si había suerte) o en textos lo más crípticos posibles. Sin embargo, el número de arbitristas y sus abundantes manifestaciones son tales, que existe un rastro considerable para poder llegar a profundizar en el fenómeno. Arbitrios propusieron gentes de variada extracción y de diferentes profesiones. Desde escritores como el propio Cervantes, que entreveraba sus escritos novelescos de alusiones a temas políticos y hacendísticos, hasta banqueros como los Fugger, tan inmersos en la vida económica de Castilla que habían hispanizado su apellido como Fúcar; mercaderes flamencos como Enrique Hujoel, genoveses como Juan Leonardo de Benevento; simples vecinos con cierta reputación en sus lugares de origen, e incluso algunos que ofrecían remedios milagrosos como un tal Juan Fernández, que decía ser docto en los secretos de la alquimia, y cuyo arbitrio, en tiempos de Felipe II, llegó a manos del mismísimo rey a través de su secretario Juan de Ovando (véase A. Alvar, ibid., pp. 397-399). En fin, que lo de escribir arbitrios se convirtió en una profusa costumbre entre los súbditos de Castilla, que por verse cercanos a la corte no dudaban en verter ríos de tinta e invertir año tras año de su vida en hacerse oír ante el trono, o en todo caso ante los secretarios más cercanos a la figura real. La redacción de los arbitrios tomó incluso sus propias alocuciones y formas, siendo verdaderas obras de arte de la seducción y la fábula, que por mucho que se disimule no dejan de transmitir cierto aire de desesperación. Sirva de ejemplo cómo el ya citado Juan Fernández, se refería a Felipe II en estos términos:

Y a Vuestra Majestad suplico sea seruido de ver estos capítulos, y hazerme merced dellos, pues no es justo que aviendo gastado el mejor tiempo de mi vida y casi toda mi hazienda, y con tantos trabajos, que vuestra majestad no solo me la haga, más aún que Vuestra Majestad sea seruido de hacerme, pues mi buen deseo y seruicio lo merece. (A. Alvar, ibid., p. 406).


Entonces, de lo visto hasta aquí, ¿qué visión general podemos obtener de ello? Ciertamente, un fenómeno tan particularista y tan variado como las razones e intenciones de cada uno de sus exponentes, resulta algo difícil de objetivar. A pesar de ello, las conclusiones de estudiosos del tema como Gutiérrez Nieto, pueden ofrecernos un marco donde situar las diferentes manifestaciones. Éste autor, diferenciaba entre dos tipos fundamentales de arbitrismo. El primero sería el fiscal, desarrollado en el siglo XVI, al que pertenecerían los ejemplos aquí descritos y cuyo objetivo fundamental era el que ya se ha referido más arriba: proponer alternativas a las Cortes para que la Corona pudiera aumentar sus recursos, al tiempo que ello repercutía en el beneficio de los que proponían las soluciones. Se puede entender del mismo que, en tanto que se basaba en la búsqueda de vías alternativas a las Cortes, fue un instrumento de ampliación del absolutismo real.

La época más prospera de este arbitrismo sería la de Felipe II. En aquellos años en que la falta de dinero líquido era acuciante por los muchos gastos y empresas en que se destinaba, el uso de arbitrios y de la venta de vasallos y propiedades, que se convenía en convertir en regalía para poder venderse y obtener magros ingresos, estaban a la orden del día. Los arbitristas, abundantes y laboriosos, emitían sus numerosas propuestas que eran discutidas directamente por los miembros del Consejo de Hacienda. En estos arduos debates, inspirados por las medidas novedosas de los arbitristas, se decidían correcciones de juros, exenciones de ciudades, alteraciones perentorias de la estructura de la propiedad, excepcionales alteraciones de regímenes jurídicos, ventas de regalías, enajenación de recaudaciones… en fin, que el arbitrismo fiscal sin duda alguna fue un motor de cambio económico, aunque sin un programa claro ni una visión de una reestructuración económica de futuro pues, además, siempre se reflexionaba sobre las base de rentas tradicionales o derechos antiquísimos (véase A. Alvar, ibid., pp. 389-394).


3. El arbitrismo reformador: memorialistas y arbitristas frente a la decadencia



Surgiría sin embargo, a partir del reinado de Felipe III, otro tipo de arbitrismo (según la clasificación de Gutiérrez Nieto) que, aunque basado en el fundamento de los arbitristas como gente de variada extracción que proponían voluntariamente soluciones, tendría el ánimo de terminar con los males y causas de la decadencia de España, un concepto que comenzaba a asentarse entre los intelectuales de la época. Los antecedentes directos debemos buscarlos sin embargo en el reinado anterior. Explicadas brevemente las características que definían a esos arbitristas ocasionales del siglo XVI, no podemos dejar de lado que hubo también autores que se dedicaron a estudiar más profundamente los entresijos económicos de España. Precisamente, uno de los protagonistas de este análisis más concienzudo de la situación, sería uno de los secretarios del Consejo de Hacienda de Felipe II, el burgalés Luis Ortiz. Este intelectual, a parte de funcionario, desde una perspectiva optimista de las características naturales y humanas de Castilla, sería sin embargo de los primeros en acusar la mala evolución de la agricultura, avecinando una plausible decadencia económica (véase José Ignacio Ruiz, La economía en la España moderna, “VII. El pensamiento económico en la España Moderna”, pp. 497-500).

Dentro de las coordenadas de lo que hoy en día se ha dado en llamar mercantilismo, Ortiz achacaba los males a la desmesurada saca de metales preciosos y materias primas que luego se elaboraban en Europa volviendo a su lugar de origen con un precio mucho más caro. A tal punto llegaba su convicción, que no dudaba en referirse a España como las “Indias de Europa”. Lo más importante de su pensamiento es que, veía como la única solución la prohibición de exportar materias primas y de importar manufacturas, o en todo caso, someter a estos procedimientos a exhaustivos aranceles. Como vemos, esto le sitúa directamente en consonancia con otros pensadores mercantilistas europeos, poniéndose claramente a favor de una balanza de pagos favorable y contraria al déficit. Además, propondría otras medidas prácticas como el establecimiento de artesanos extranjeros para que extendieran sus técnicas; reformas del sistema fiscal y monetario; reforestación de los montes, mejora de infraestructuras… El pensamiento de Luis Ortiz inicia una tendencia a la escritura de memoriales y condiciona la mentalidad de los nuevos arbitristas que comenzarán a plantear sus propuestas desde una perspectiva de particularidad nacional (véase J. I. Ruiz, ibid., pág. 499).

Como vemos, en la segunda mitad del siglo XVI convivieron estos memorialistas profundos, precursores del reformismo del XVII, con aquellos oportunistas o en todo caso menos sistemáticos arbitristas que proliferaban por doquier a lo largo y ancho del solar castellano. El nuevo siglo, en consonancia con lo que ya veían algunos autores del XVI, traería una situación poco halagüeña para las finanzas y las arcas reales. Fueron años de estancamiento poblacional, de crisis de la producción agraria y manufacturera, caos monetario, quiebras fiscales de la hacienda real, precios muy altos, despoblación en los campos… En fin, ya fuera porque hubo un cambio de ciclo económico produciéndose reajustes o porque verdaderamente hubo una crisis estructural, el caso es que en España y particularmente en Castilla, se asentó la idea de la decadencia; la miseria era palpable y empezó a surgir la necesidad de buscar soluciones profundas. En este sentido, se empieza a percibir esta tendencia en Martín González de Cellorigo (1570-1620). A caballo entre los reinados de Felipe II y Felipe III, Cellorigo (funcionario al servicio de la monarquía) abogará por una política fiscal a favor del poder político como solución a los males que ya acusaba Castilla desde la última etapa de reinado del Prudente.

El memorial que escribió para Felipe III en 1660, un auténtico tratado de política económica, hacía referencia a aspectos fundamentales como la necesidad de reducir los gravámenes sobre los sectores productivos o de reducir las capitaciones de los súbditos, llevando al ámbito de la hacienda real las demandas populares. En las distintas partes de su texto, expondría las causas de la “declinación de España”, invocando a su “restauración”, así como buscará soluciones para terminar con la deuda endémica de la monarquía. Hablaría claramente del problema de la despoblación de Castilla, que sumado a la pobreza y elevadas tributaciones a las que tenían que hacer frente los campesinos, en su opinión era la principal causa de la decadencia. En contra de otras opiniones, consideraba nociva la afluencia de oro y plata americana, proponiendo fortalecer el sector productivo y clamando por la necesidad de la repoblación de varias regiones. Así mismo, era enemigo del rentismo que se retroalimentaba con el gravoso sistema fiscal, y abogaba, en contra del déficit, por el equilibrio entre ingreso y gasto. Aunque su propuesta de política económica se centraba esencialmente en el fortalecimiento del sector agrario, ya daba algunos apuntes sobre la necesidad de impulsar las manufacturas, con el fin de reducir lo máximo posible la importación de las mismas. Sería por tanto deudor de conceptos tanto agraristas como mercantilistas (véase J. I. Ruiz, ibid. pp. 508, 509).

El debate estaba abierto, y aunque no ausente de críticas por la falta de posturas comunes y lo reiterativo de muchas de estas memorias y arbitrios, esta corriente es el exponente de pensamiento económico más claro de la época, siendo los trabajos de estos autores una guía de gran valor para entender los condicionantes de muchos comportamientos que la historiografía de hoy día sigue discutiendo con variedad de opiniones. Otro autor emblemático de este ámbito fue Sancho de Moncada (1580-c. 1638), quien conocedor de la obra de Luis Ortiz, hablaba de España y su entorno como de una encrucijada de naciones, que competían por el crecimiento económico entendido por lo que ahora llamaríamos un juego de suma cero, es decir, si el comercio y la riqueza aumentaban en una parte, en la otra tenía que disminuir por necesidad. Fue valedor de un proteccionismo industrial, incidiendo en esas tesis mercantilistas contrarias a la exportación de materias primas e importación de productos elaborados. Por tanto, veía como requisito indispensable para solucionar la decadencia aumentar la industria propia, pues en su forma de pensar, ello haría que disminuyera la exterior. Para él, lo fundamental era acaparar el flujo dinerario para ocupar la mayor cuota posible de ese mercado que consideraba como único.

Su memorial Discursos, publicado en 1618, acogía estas reflexiones así como defendía una política económica mercantilista (balanza de pagos favorable, frenar las exportaciones de materias primas…). Al igual que Cellorigo, creía que la afluencia de metales preciosos era negativa y, parafraseando a Luis Ortiz, se hacía eco de la definición de España como las “Indias e Europa”. Analizó también las particularidades de la hacienda, la agricultura, habló de la importancia del lujo, de la fiscalidad… y yendo más allá, también creyó necesario emprender una reforma de la burocracia administrativa, proponiendo la creación de una universidad donde se impartieran cátedras referentes a la gestión administrativa, con el fin de crear burócratas profesionales. Fue también cuantitativista en cuanto al dinero, defendiendo la cantidad de moneda en circulación determina la subida los precios, así como también creía que el aumento de la población en exceso podía desembocar en la insuficiencia de los recursos (anticipándose someramente a las ideas del británico Thomas Malthus en más de un siglo) (véase J. I. Ruiz, ibid., pp. 509-511).

Pedro Fernández de Navarrete (c.1580-1647), secretario del cardenal infante don Fernando, hermano de Felipe IV, en su memorial Discursos políticos de 1621 incidiría sobre cuestiones similares a las de los anteriores, entrando en su análisis sobre la despoblación los efectos de la expulsión de los moriscos durante el reinado de Felipe III, la emigración a las Indias de población activa, así como los contingentes enviados a los presidios italianos y norteafricanos. En cuanto a la agricultura se situará en contra de las tasas sobre el grano que perjudicaban a los productores, aunque lo matiza aduciendo la necesidad de tener en cuenta las diferencias regionales y no se manifiesta en contra de que dichas tasas se apliquen a los rentistas. También cargará las tintas sobre los arbitristas del pasado por creer fueron culpables del sucesivo aumento de las tasas sobre los campesinos. Un aspecto interesante de sus reflexiones es que se alejan del cuantitativismo, definiendo al sector secundario como el verdadero promotor de la riqueza, pues su trabajo de manufacturación otorgaba valor añadido a los productos, desestimando la influencia que muchos otros pensaban que tenía el flujo monetario (véase J. I. Ruiz, ibid., pp. 511, 512).

Los arbitrios y memoriales continuarían durante el resto del Siglo de Oro, habiendo algunos valiosos como los ya referidos, y otros realizados por meros oportunistas, fabuladores y milagreros, que nos han dejado un mar de papeles y testimonios que quién sabe si algún día se clasificarán en su totalidad. Quevedo daría buena cuenta de ellos en La hora de todos y la fortuna con seso, diciendo de los arbitristas que son unas veces “locos universales y castigo del cielo” cuando no “charlatanes embargados por la mayor de las estupideces”. El caso es que, al son de las difíciles coyunturas, aunque siempre sin existir una escuela arbitrista ni nada parecido, se fueron diseñando los principios económicos que posteriormente desembocarían en teorías más plenamente asentadas, verbigracia, antes de la luminosidad de la ilustración tuvo que darse la tenebrosidad de la inconsciencia. Hasta producirse una verdadera iniciativa de cambio movida por los proyectistas del XVIII, a los autores arriba mencionados les siguieron otros memorialistas y arbitristas destacables de los que es menester despachar unas líneas.

De entre estos autores, podríamos destacar aquellos que atajaron el problema de la decadencia desde la vertiente agraria, los “agraristas”. López de Deza (1564-1626) compendió en su tratado de 1618, Gobierno político de Agricultura, las que creía fueron las causas de la depresión agraria castellana; a saber, la emigración de labradores a territorios del Imperio, la abundancia de inmigrantes extranjeros, la proliferación de oficios superfluos en las ciudades, las inversiones improductivas en censos, las contribuciones que pesan sobre el campo, el alto coste de labrar y criar, el coste de los pleitos y ejecuciones de los jueces ejecutores, la falta de privilegios de los agricultores, la tasa de los cereales o el descuido de la astronomía y otros conocimientos para la agricultura. Las soluciones, lógicamente, consistirían en acabar con estos males frenando los procesos que los causaban inmediatamente, aboliendo impuestos y mejorando la cultura de los campesinos. Como dato relevante, conviene saber que las medidas que el Consejo Real de Felipe III realizó entre 1619 y 1622, coincidieron enormemente con lo propuesto con este autor. Refuerza también la demostración de su influencia la aplicación con Felipe IV de las medidas que propuso en 1623 con sus Capítulos de Reformación.

Como complementario, podemos citar también a Miguel Caxa de Leruela, alcalde entregador de la Mesta, que en 1626 entregó a las Cortes de Castilla un memorial con el título Memoria sobre la conservación de los ganados y las dehesas, incidiendo sobre la importancia del ganado en la economía castellana. Vería como uno de los males esenciales la falta de ganado a causa de su alto precio, la falta de protección jurídica de los ganaderos y la pérdida progresiva de pastos. Lo más llamativo de su trabajo, con la estructura típica de los arbitrios (enumeración de causas, propuesta de soluciones), es que en la búsqueda de los factores que provocaban la crisis de la economía ganadera, haría toda una radiografía de la situación política española, refiriéndose a la guerra de Flandes, la ociosidad, el rentismo de los juros y censos, las mercancías extranjeras, el vellón… Como solución, proponía privilegiar a los ganados mayores y menores que son necesarios para el cultivo agrario. En su reflexión, consideraba que convirtiendo a los agricultores también en ganaderos, éstos respetarían los pastos al tiempo que el estiércol de las bestias beneficiaría a la agricultura, con lo que aumentaría el producto agrario y la provisión de los mercados reduciéndose los precios. Así, muchos campesinos pobres se convertirían en acomodados mientras que los ricos no perderían un ápice de lo suyo, restaurándose la riqueza del país. Caxa de Leruela pensaba que el sector agropecuario era la esencia del crecimiento económico (véase J. I. Ruiz, ibid., pp. 518-521).


En tiempos de Felipe IV y el conde-duque de Olivares, cuyas revolucionarias medidas nunca se pudieron llevar cabo por los conflictos exteriores de la Guerra de los Treinta años y la de los Ochenta, y por las tensiones políticas interiores (recordemos la independencia de Portugal y la revuelta de Cataluña), a pesar de los pesares y del fracaso de los proyectos, hubo un ánimo reformador que empezó a prestar atención de verdad a la importancia económica de la industria y el comercio. Los arbitristas, con su característica dispersión conceptual, se entregarían a la tarea de proponer por activa y por pasiva las soluciones que el Consejo de Castilla reclamaba. El memorialista más importante en este sentido sería el sevillano Francisco Martínez de la Mata. Gran conocedor de las principales ideas económicas que imperaban en Europa, publicó entre 1650 y 1660 numerosos memoriales muy bien documentados ampliamente trabajados, en los que criticaba la libre entrada de mercancías extranjeras, señalando que “reynos y repúblicas” como Francia, Génova, Venecia, Florencia, Holanda o Inglaterra, habían aumentado considerablemente sus riquezas por que hacia ellos se drenaban las materias primas y metales preciosos de España. A ello achacaba todos los problemas de despoblación y pobreza, proponiendo como solución acabar con la ruina de la industria. Defendía, al igual que otros autores anteriores, la capacidad de la manufacturación de aumentar el valor de los productos de “uno hasta ciento”, por lo cual apoya que se realice una política proteccionista que prohíba la importación de productos manufacturados y de mano de obra extranjera, promoviendo la industria interior. Propondría la creación de erarios y montes de piedad del Estado que concedieran créditos baratos. Con ello buscaba tanto el enriquecimiento de la monarquía como la mejora del bienestar de la población (véase J. I. Ruiz, ibid., pp. 521, 522).

En el lado contrario se encontraba Diego José Dormer (1649-1705), aragonés antimercantilista, que en sus Discuros Histórico-Políticos expresaba que los verdaderos males venían de las limitaciones al comercio exterior, viendo beneficiosas las importaciones de productos extranjeros. Propone eliminar los aranceles impuestos en 1678, reducir los derechos sobre la importación y eliminar las aduanas y peajes del comercio interior que perjudicaban a los productores. Así también, creía que era bueno ayudar a que se asentaran en España mercaderes y artesanos de otros países. El parmesano Alberto Struzzi, anterior en el tiempo, ya había propuesto cuestiones similares influido por el tratado del holandés Hugo Grocio, Mare Liberum, en el que se explicaban las ventajas del libre comercio y el laissez-faire, habiendo querido aplicar estas medidas en Castilla y abogando por la libertad de comercio extranjero en el Atlántico, proponiendo todo esto en su Diálogo sobre el comercio de estos reinos de Castilla, de 1624 (véase J. I. Ruiz, ibid., pp. 522, 523).
Capítulo aparte es Miguel Álvarez Osorio y Redín, quien durante el reinado de Carlos II escribió siete memoriales en los que, aunque no propone medidas muy distintas de las de arbitristas anteriores, aplica un método cuantificador basado en datos estadísticos, integrando además el conjunto de los sectores productivos. Ve los mayores problemas en el decaimiento demográfico, en el excesivo número de eclesiásticos, en la agricultura improductiva y la crisis de las manufacturas, en la mala administración, en la manipulación de la moneda, en la presión fiscal y en el atraso científico tecnológico, algo de lo que se harían eco los novatores discípulos del médico valenciano Juan de Cabriada. Volviendo a Álvarez Osorio y Redín, las medidas que propuso eran plenamente intervencionistas. Pasaban porque el Estado pusiera en explotación nuevas tierras, abriese nuevos telares que dieran trabajo y fomentaran la industria, la protección de los productos manufacturados en España, prohibiéndose la importación de los extranjeros y la supresión de los impuestos indirectos y la fijación de otros fijos, como por ejemplo sobre la harina. Sin embargo, sería partidario de la liberación del comercio con América (véase J. I. Ruiz, ibid., pp. 516, 517).

Como hemos podido ver, aunque no existiese un corpus teórico plenamente coherente que pudiera dar pie al surgimiento de un modelo económico, sí que hubo lugares comunes de los que se hicieron eco estos autores que podemos llamar memorialistas y arbitristas, que desde sus limitaciones y con intenciones muy variadas, se plantearon numerosos problemas y propusieron soluciones que nos permiten hablar de la existencia de un mercantilismo, aunque sea sui géneris, en la España de los siglos XVI y XVII. También he intentado transmitir cómo según fueron avanzando los años, las propuestas cada vez fueron más complejas, y ya a finales del siglo XVII, los pensamientos de estos voluntariosos autores conectan en algunos de sus puntos con las propuestas más serias y eficaces que al auspicio de los Borbones, famosos reformadores o proyectistas como Fray Benito Jerónimo Feijoo, Pedro Rodríguez de Campomanes o Gaspar Melchor de Jovellanos, pudieron llevar a cabo con mayor o menor éxito en una España de la Ilustración que intentaba despegar económicamente e iba tras los pasos de la reforma agraria y la Revolución Industrial. Los arbitristas por tanto, no fueron ni científicos ni teóricos, pero en sus trabajos descansa el conocimiento económico de la primera Edad Moderna, demostrando que a pesar de la falta de método, el pensamiento económico existió.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Physiocracy

First I want to apologize that my language skils are not so good that I´m able to describe this topic in spanish. So I prefere write in english and try to clarify the main characteristics of Physiocracy.


Introduccion to Physiocracy and Physiocrats

Physiocracy means rule of nature. It is an economic thought what was developed in France 1750´s and the well-known Physiocrats were french court physician Francois Quesnay (1694–1774) and his disciples Victor de Riqueti, marquis de Mirabeau (1715-1789)and Anne Robert Jacques Turgot (1727-1781). At this text mostly I´m concertrating to Quesnays thoughts.
Physiocrats wantend to reconstruct society again according to reason and they were optimistic about the progress of man and society.The main principle was that natural resources and agricultur were the source of wealth. France in the early 1750s remained an essentially landed society. Wealth derived, as Quesnay insisted, from land. The agricultural base had undergone no revolution. Physiocrats maintained that free internal circulation of grain, free export of grain, and destruction of all traditional marketing regulations would encourage maximum production and assure an adequate urban supply.

Quesnay´s and Mirabeau´s economic program explicticly requiered capitalist class. Lot of different gropups in Frence society were dissatisfied with the Ancien Regime and absolut monarchy. Taxes were high, nobles didn´t like the absolut power of throne, peasants resended low prices for the grain.
Physiocracy was also a protest against mercantinlism, which was claimed to be focused only ruler´s and aristocracy´s wealth. Mercantilist believe that wealth of nations depends of surplus econmic trade and accumulation of gold, was critcized by physiocrats. Physiocrats believed that self-interest is a motivating reason of every part of economy. They did not favor industrialism and they loathed industrial capitalists. Physiocrats contributed to the new paradigm and they shape a new world view. Physiocrasy can be seen as the first sustained attempt to integrate economics into social and political theory.
The Enlightement proudly proclaimed the values of rational individualism, and philosophes of all
lands joined in constructing a new “science of freedom.” And despite of diversity of the Enlightement, it claimed that man was made for freedom. The physiocrats shared the values, characteristics and general socioeconmic backround of the other French philosophes. They differed from the other philosophes primarly in their insitence upon determining role of economics in human life. As we know, they campaign to free trade, ecspecially grain and human labor. Despite the obective political content of many of their activities, the physiocrats did not constitute a political group by modern standards.

Quesnay´s peasant background led him to respect agriculture and those engaged in it, his residence at Versailles encouraged him to view the agricultural sector primarily as a source of royal revenues. Always fascinated with technical details, he avidly pursued the work of the agronomic movement that was slowly infiltrating the French elite and never tired of discussing crops, manures or agricultural techniques. As Quesnay turned from medicine and metaphysics to economics, he carried the legacy of his early work with him. From the start, his bias as a practical scientist led him to focus sharply upon the technical problems of agricultural production. In his hands, the fashionable preoccupation with grain became a serious investigation of state of agriculture, and ultimately a science of wealth. His metaphysics enabled him to explain the process of econmic development itself. His analysis of economic process, his diagnosis of economic illness, and his prescription for cure developed apace. Quesnay had arrived his theories of a free market and economic individualism by studying the emergece of national market in England. He always understood that in eighteenthcentury France the unfettered pursuit of individual interest might not result in the natural order he sought to establish. Men could fail to behave “economically.” He was never willing to trust spontaneuos development of the proper socio-political order. Nature required the assistance of absolute authority capable of forcing natural order upon humans.



Main characteristics of Physiocracy

In physiocratic thought private property constitutes man´s first natural social right. Man arrives in the world with the physical obligation of keeping himself alive, and his survival depends upon his right to property in himself. The original obligation to live is eating. The physiocrats resonend that man must have natural right to the fruits of earth. Society must approve human action, efforts and tools and must positively sanction property as a social good. For physiocrats individual self-interest is the most respectable motive for social action. So individuals need to have right to own property and society should preserve social harmony, so physiocratic ideology can be summed in three words; Property, Liberty and Security.


Quesnay said that no one in his right mind willingly undertakes hard labour without being assured of the absolute right to the fruits of that labour. All social institutions derive from the right of property. Personal property implies the freedom of labor. Movable property represents no more than personal property in use. Freedom to trade cannot be separated from personal and movable proberty because every individual must enjoy the right to dispose of his own. Without security, property would be a theoretical right constanly violated in practice and government should guarantee that security. The true rulers, argued the physiocrats, were the laws, which derived from nature. Formally the physiocrats followed the idea of John Locke, that the natural pursuit of self-interest by discrete member of society would result in the maximum social good. Nature, or the market, best knows its requirements.
Mirabeau summarize his though like thise: Wealth is the fruit which comes from the land for use of men; the labour of man alone possesses the capacity to increase wealth. Thus more men there are, the more labour will there be; the more labour there is, the more wealth there will be. The way to achieve prosperity is therefore: (1) To increase men; (2) through these men, to increase productive labour; (3) through this labour, to increase wealth.


Quesnay had always retained a lively interest in agricultural problems, in spite his medical preoccupations. He knew that French agriculture suffered under the political weight of feudal property rights and under the material weight of an essentially local and fragmentary market system hampered by a severe lack of transportation facilities. He was always considered the wealth of farmers and the method of cultivation and tryed to modernize agriculture. Also Quesnay´s medical writing had often had important philosophical overtones.
Physiocrats main aim was to illuminate the operation of the basic causes which determined the general level of economic activity. For this purpose, they believed that it was useful to conceive economic activity as taking the form of a sort of “circle”, or circular flow as we would call it today. In this circle of economic activity, production and consumption appeared as mutually interdependent variables, whose action and interaction in any economic period, proceeding according to certain socially-determined laws, laid the basis for repetition of the process in the same general form in the next economic period. Within this circle, the Physiocrats then endeavoured to discover some key variable, movements in which could be regarded as the basic factor causing an expansion or contraction in the “dimensions” of the circle, in the general level of economic activity. The variable which they hit upon was the capacity of agriculture to yield a “net product”, disposable surplus over necessary cost. Anything which increased this net product would cause an expansion in economic activity, and anything which reduced it would cause a contraction in economic activity. So physiocracy can be summed up in one point, an increase in the net product. And all damage done to society is determined by this fact, a reduction in the net product. Government should distort the whole economy with monopolistic charters, controls and protective tariffs and should be geared to maximizing the value and output of the agricultural sector.

The leading assumption of the Physiocrats´ theoretical system was that this net product was yielded by agriculture, and by agriculture alone. Agriculture was the supreme to others, not only beacause its was morally and politically superior to others, not only because its produce was primary in the scale of wants and always in demand, but also because it alone yielded a disposable surplus over necessary cost. It was upon this latter aspect of agriculture that the Physiocrats concentrated in their theoretical system, and in particular in their theoretical system, and in particular in their definition of the “productive”. “Productive” to them meant, essentially, productive of a net product. Manufacture and commerce, they contended, were by contrast “unproductive” or “sterile”. Not only were these occupations more precarious than agriculture, not only were they “secondary” in the sense that they were depent upon the supply of food and raw materials, but they were also incapable, at any rate in the absence of monopoly, of yielding a disposable surplus over necessary cost. “Sterile” to the Physiocrats meant, essentially, incapable of yielding a net product.
The classiffication of basic social groups in the Physiocratic model was made with primary refence to the relation in which each group stood in the net product. The main distinction which they emphasized was that between the”productive class”(those who engaged in agricultural activities) an the “sterile class”( those who engaged in non-agricultural activities). In the no-man´s-land between these two classes, partaking to some extent of the character of each but belonging definitely to neither, lay the “ class of proprietors”. This class consisted of the landowners, the king, and the clergy, who were assumed to receive, in the form of rent, taxes, and tithes respectively, the value of the net product which agriculture annually yielded.
The general level of economic activity, according to the Physiocrats, is largely determined by the level of agricultural output, and the latter is determined in its turn by the magnitude of the net product. If the net product is increasing from year to year, the level of agricultural output, and therefore the general level of economic activity, will rise.


Decline of Physiocracy

Physiocracy has not survived as an economics and have passed from the mainstream of our intellegtual tradition. Physiocracy never proclaimed itself as a doctrine directed solely to the modernization of France. Success of Adam Smith´s alternative science of the “ wealth of nations” and failure of physiocratic policy in France in the mid-1770s, simultaneously discredited the physiocrats claims to having practical and theoretical blueprint for a new socio-economic order.

By the middle of the 1760s the Physiocratic school had become a real intellectual power in the land; by the end of the 1760s its influence was already beginning to wane. After 1770 there were still Physiocrats, but they were soon to become isolated. There was still Physiocratic doctrine, but it was tending towards dissolution. There was at any rate no Physiocratic movement. They attempt to synthesize econmics, politics and philosophy which were accompanied by the invention of the name “Physiocracy”- a name which dates only from 1767- to embrace all the elements of wider doctrine. These were indeed days of fame and hope. The influence of the Physiocrats was slowly making itself felt on certain Societies of Agriculture, and certain Parliaments. In the sphere of government policy, too, it seemed as if Physiocratic propaganda was beginning to have some effect. It was not only a revolution in the policy of nations which was changing at this time but also strong and organized opposition of Physiocratic doctrine. The trouble about Physiocracy was that there was something in it for almost everybody to object to, because Physiocrats went very much against the interests of the nobility and the landed gentry. Whatever the case, the influence the Physiocrats had on French economic policy was not very remarkable.

-Janne Posti-

miércoles, 7 de noviembre de 2007

AUCTORES VERSUS MERCANTILISMO


Bienvenidos una semana más, clionautas de la Economía. El tema que nos ocupará será el Mercantilismo, ¿doctrina económica, escuela o simplemente tendencia a seguir por los Estados de los siglos XVI-XVII-XVIII?
En los tiempos en que las nuevas actitudes intelectuales de la burguesía renacentista apuntaban al Humanismo en el plano cultural, oponiéndose al escolasticismo, en el terreno económico obedecía fielmente a sus intereses, despuntando con un liberalismo incipiente que tomará cuerpo tres siglos después, desarrollándose al margen de la doctrina predominante desde fines del Renacimiento hasta casi el siglo XIX: el Mercantilismo.
Tradicionalmente se ha definido como un conjunto de ideas desarrolladas con auge durante la Edad Moderna hasta la primera mitad del siglo XVIII, caracterizadas por considerar que la prosperidad de un estado o nación depende de la riqueza que pueda tener, y que el volumen global del comercio mundial sea inalterable. Contra más riqueza (entendida ésta como cantidad en peso de metales preciosos) tenga un Estado, más próspero será de cara al exterior, por lo que las exportaciones deberán ser mayores en número que las importaciones (recordemos la astuta política económica de Colbert, durante el reinado de Luis XIV). Estamos en una época de nacimiento de los Estados modernos, de unificación de los desglosados durante la Edad Media y de fortalecimiento de sus estructuras de poder. Mientras la burguesía se arriesgaba con dinero “difícil” y a largo plazo, el mercantilismo se desarrollaba estableciendo un compromiso entre las ideas comerciales de la época con el absolutismo principesco de los soberanos.


Para comprender sus fines debemos situarnos durante los siglos XV y XVI. La enorme transformación del espacio geográfico gracias al desarrollo renacentista de la navegación, que permitió el descubrimiento y la llegada a mundos antes inalcanzables a través de campañas patrocinadas por estados en expansión y cada vez más pujantes y necesitados de más prestigio con el que mantener su incipiente hegemonía en el continente, propició la llegada al Viejo Mundo de productos exóticos y metales preciosos procedentes de las Indias Occidentales y Orientales. Portugal, la incipiente Monarquía Hispánica, el recién nacido Imperio Marítimo Holandés, la correspondiente expansión ultramarina de ingleses y franceses (posteriormente), rivalizaban por conseguir el mayor número de dichos “tesoros” con los que aumentar su riqueza para alcanzar, sostener o aumentar las empresas bélicas y diplomáticas con las que alcanzar, sostener o aumentar su posición, hegemónica o no, dentro del concierto de estados europeos.
La industria continúa en manos gremiales basadas en el esfuerzo artesano, de modo que la auténtica riqueza se encontraba en el comercio, protagonizada por las capas más ricas de la burguesía, es decir, los mercaderes y los banqueros. Estos sostenían mediante empréstitos la política bélica de los príncipes, interesados, a su vez, en mantener o superar el prestigio hegemónico respecto a sus homólogos. Así, mientras unos promovían los primeros coletazos de un incipiente capitalismo, los otros miraban hacia los metales y hacia el continente, ayudados económicamente por los primeros. Pero el hecho de que sean las capas más poderosas las dedicadas al comercio y la banca, nos da razones para comprender que la doctrina predominante sea, precisamente, “mercantil”.
La obsesión de los mercantilistas no es el trabajo como verdadera fuente de riqueza, sino la moneda, de ahí que su mayor preocupación estuviera en las arcas del estado como gran financiador de sus empresas de hegemonía europea. En este sentido, y hasta que tome más cuerpo durante los siglos XVII y la primera mitad del XVIII, a finales del XV y principios del XVI el incipiente mercantilismo está impregnado todavía de la doctrina teológica medieval de la concepción del mundo como un tránsito penoso e infortunado para alcanzar la auténtica existencia, de modo que, en consecuencia, no pretendía superar dicha situación endémica de la sociedad. A medida que su corpus está más desarrollado, hermanado completamente con el estado que es el Príncipe, el Mercantilismo se presenta como fiel reflejo de la estructura del llamado Antiguo Régimen, sin que debamos, en este caso, tildarlo de religioso: se trata de una práctica económica colectiva, cuyo interés interior y exterior pertenece al Príncipe, separándose, como arriba indicamos, de las incipientes prácticas de beneficio económico individual que empezaba a emprender la burguesía de la banca y el comercio. Lo importante era incrementar el poderío de los gobiernos, entendido esto como el interés de la mayoría e individual del Príncipe.
A este respecto, podemos destacar distintas variantes de Mercantilismo. En España está basado en un proteccionismo total a la moneda, siguiéndose la política utópica de atajar el alza de precios, triplicados en el siglo XVI con respecto a los del XV, por temor de que el oro fuera saliendo en pago de mercancías extranjeras, llegándose a la falsificación de monedas para que no salieran, aumentando como consecuencia la inflación.
En 1613, Antonio Luigi Serra escribió un tratado al Virrey de España en Nápoles, observando el contraste con las pujantes repúblicas del norte e intentando poner como solución un énfasis en la balanza comercial, propugnando la exportación de metales preciosos, si ello era necesario para pagar mercancías y reexportar éstas a otros lugares, con el fin de crear un erario potente en su ciudad y no en la metrópoli. Su objetivo era mantener el tesoro pero, sin embargo, empezó a destacar que las bases de la riqueza dependían de la laboriosidad de la población, de su mentalidad y espíritu de empresa. Su incipiente y muy matizada y específica oposición le sitúa dentro de los primeros Actores versus mercantilismo, aunque en este caso sólo se oponga a un tipo específico del mismo, porque en su esencia sí es partidario de exportar más que importar. No obstante, como él existieron más filósofos españoles contemporáneos al Mercantilismo español que, sin llegar a oponerse enteramente a él, han rechazado ciertos puntos de su práctica. Dos de ellos, predecesores de Serra, son Francisco de Vitoria (1483?-1546) y Domingo de Soto (1494-1560), catedráticos en la Universidad de Salamanca, autores de teorías económicas sobre las reglas de la oferta y la demanda, las consecuencias de la cantidad de moneda en circulación, los efectos de la competencia sobre los precios y su fluctuación, empezando a difundir una teoría general sobre la intervención estatal en la economía y sobre la función central del estado como gerente y ordenador de la misma. Junto a ellos, el Padre Mariana (1537-1623) en su obra Tratado y discurso sobre la moneda de vellón se postula en contra de la política del monarca español de la falsificación de la ley de la moneda, dado que sólo produciría una subida general de precios y el desprestigio económico de la Corona misma. En contraposición, da consejos a la Corte con el fin de reducir los gastos de la Hacienda Pública (en esta época identificada con las arcas reales), eliminando lo suntuario e imponiendo mayor sobriedad en la vida gubernamental.
A ellos se contrapusieron los arbitristas, o teóricos de la hacienda pública, ya especialistas de la Economía, que veían en la imposición de ciertas contribuciones o arbitrios la solución de la crisis financiera del estado, fundadores, a su vez, de la economía política en España. Esto nos sitúa ante un conjunto de autores que defienden la parte proteccionista del Mercantilismo, pero no su objetivo imperialista. Uno de sus más destacados representantes es Sancho de Moncada, cuya obra Restauración pública de España (1619), le convierte en un teórico moderno del proteccionismo, a la vez que se presenta crítico con la estrecha relación de la época (fundamentalmente en la Monarquía Hispánica) entre conquista y empobrecimiento metropolitano, extendiéndose su teoría del proteccionismo a la política demográfica del gobierno y a la función de los incentivos estatales de la producción económica. También el arbitrista Martín González de Cellorigo en su Memorial de la política necesaria y útil restauración (1600) coincide con el Memorial de Luis Ortiz en su preocupación por la industrialización de Castilla pero, como ya estudió Pierre Vilar, Cellorigo no estuvo nunca animado por las ideas proteccionistas del mercantilismo al uso de su época.
En Francia, el Mercantilismo, dada su escasez de minas, orientó su proteccionismo hacia el comercio, fijándose, sobre todo, en las compañías comerciales de Indias, ante los éxitos no sólo franceses, sino también holandeses e ingleses. Durante el reinado de Luis XIII, Montchrétien con su obra Tratado de economía política (1615) fue su máximo exponente. Finalmente, con Colbert (1619-1683) esta política desembocó en un auténtico mercantilismo de estado, convirtiendo el proteccionismo estatal en intervencionismo, siendo, en este caso, su enemigo, la pujante burguesía industrial.
En Inglaterra su fin de incrementar el tesoro también se orienta a través de del comercio, siendo Thomas Mun (1571-1641) el principal defensor de las exportaciones de metales preciosos para comerciar con las Indias orientales. No obstante, en Inglaterra el Mercantilismo está orientado hacia el fin de conseguir el monopolio del comercio con determinados puntos estratégicos hispánicos. A este respecto destacan las palabras de Bacon en Of the true Greatness of Kingdomes and Estates (1625): The Kingdome of Heaven is compared, not to any great Kemel or Nut, but to a Grain of Mustard-seed; which is one of the least Grains, but hath in it a Property and Spirit, hastily to get up and spreed. So are there States, great in Territory, yet not apt to Enlarge or Command; and some, that have but a small Dimension of Stem, and yet apt to be the Fundations of Great Monarchies.
En Austria las teorías mercantilistas fueron defendidas en el siglo XVII por Philipp Wilhelm von Hornick, partidario de una política autárquica en su obra österreich Über alles, wam es nur will (1684). En Italia destacan Davanzati, Montanari y Serra, preocupados por el sistema monetario. El modelo flamenco de Hugo Grocio asienta el dominio del Estado sobre el comercio interior (es decir, con el proteccionismo de los aranceles).
Ahora bien, la gran polémica sobre si el Mercantilismo corresponde de verdad a un cuerpo coherente y uniforme de ideas y a una escuela de autores, arranca de 1750, aproximadamente, cuando terminan los dos siglos de escritos mercantilistas, y justo cuando fueron publicadas los Discursos políticos (1752), de Hume, el Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general (1755), de Cantillon, y el Tableau economique (1758), de Quesnay. Fue entonces cuando el término Mercantilismo fue acuñado a posteriori en sentido peyorativo por los fisiócratas (miembros de la escuela económica ilustrada de la Fisiocracia, que centra el verdadero desarrollo económico y la riqueza de un estado en la agricultura, no en la mayor acumulación de metales preciosos) y fundamentalmente con Mirabeau, acuñado como práctica económica contra el Laisez faire, laissez passer, le monde va de lui même, siendo perpetuado más tarde por Adam Smith (padre de la economía moderna y del liberalismo, por lo tanto absolutamente contrario al proteccionismo mercantil) para estigmatizar a sus antecesores de corte intervencionista. A partir de entonces da comienzo el verdadero debate sobre el Mercantilismo y el surgimiento de todo un elenco de autores enfrentados entre sí hasta nuestros días.


El primero de la lista, expedida, en el fondo, por Adam Smith, es Wilhelm Roscher, quien en 1874 forjó el modelo de la versión tradicional que consideraría al Mercantilismo como doctrina. Fijó esta teoría basándose en cinco ideas básicas: en primer lugar el poblacionismo (un Estado es más rico cuanto mayor es su población, puesto que en la Edad Moderna las actividades productivas eran intensivas en trabajo y el nivel tecnológico militar dependía del número efectivo de soldados, mayoritariamente); el bullonismo (la riqueza de un Estado se mide por la cantidad de metales preciosos acumulados en sus arcas y circulantes; los que no dispongan de minas, dependerán del comercio, siendo, con la industria, las actividades más importantes a proteger); balanza comercial favorable (juego de suma 0, en el que cuanto más gana uno más pierde el otro, o lo que es lo mismo, ganar a costa de otros), de la que se desprende el famoso postulado mercantilista de la conveniencia de exportar más que importar, así como de ganar un mayor grado de autarquía; y, por último, el fortalecimiento del Estado como objetivo final de toda actividad económica del Mercantilismo.
La recopilación resumida de Roscher, de los postulados de los escritores mercantilistas, entendiéndolos como constituyentes de una Escuela económica, fue apoyada por casi todos los historiadores posteriores, siendo los más destacados SchmÖller y Eli Heckscher. Este último, en su erudita obra La época mercantilista: historia de la organización y las ideas económicas desde el final de la Edad Media hasta la sociedad liberal (1943), intentó demostrar la existencia del fenómeno del mercantilismo, confirmándolo como Escuela, destacando su coherencia política en sí mismo y en sus objetivos, aunque señalando la debilidad de sus medios. Para Heckscher el Estado es, a la par, sujeto y objeto de la política económica del Mercantilismo, al que considera una fase en la historia de la política económica, que encuadra en la época que separa la Edad Media del periodo liberal y que no presenta, según él, el mismo marco cronológico en los distintos países. En este marco tuvo lugar la aparición y consolidación de los Estados surgidos sobre las ruinas de la Monarquía Universal Romana, Estados delimitados territorialmente y en cuanto a su influencia, aunque soberanos dentro de sus fronteras. Este marco histórico es fundamental para Heckscher para poder explicar el contenido del Mercantilismo como escuela, dado que es por ello por lo que la preocupación por el estado se destaca dentro de las tendencias mercantilistas, tal y como éstas se desarrollan históricamente. Se trataba de ganar terreno tanto dentro como fuera del Estado, tanto en el particularismo como en el universalismo, para construir el Estado en un campo de acción que venía siendo usurpado por los organismos superiores o inferiores a él.
Por lo tanto, para Heckscher, el Mercantilismo como escuela era un sistema unificador, teniendo como adversario la fusión medieval de universalismo y particularismo y tendía, principalmente, a imponer los objetivos del Estado en un campo económico homogéneo, supeditando toda la acción económica a los puntos de vista que convenían a las necesidades del Estado y de su territorio y que se concebían firmando una unidad, lo que lo hacía depender de la distinta fuerza y fisonomía política de los diversos estados. Es por ello por lo que nació como unificador, necesidad que imperaban los Estados disgregados o desintegrados feudalmente, de la Edad Media que llegaron a los inicios de la Edad Moderna. Pero los que no habían logrado la unidad a tiempo y la organización necesarias no podían contar con las condiciones precisas para acometer en su conjunto esta misión. Esta diferencia entre los Estados era importante para la labor unificadora del Mercantilismo y que se manifestaba en el régimen aduanero. Asimismo, el éxito o fracaso de esta política era de gran importancia para el desarrollo económico, pues en ello estribaba el que la política económica entorpeciese o estimulase el desarrollo dirigido a superar las formas sociales de la Edad Media. Así pues, el verdadero objetivo del Mercantilismo era crear unidades económicas, tanto en el sentido positivo como en el negativo.
Es entonces cuando Heckscher establece el segundo gran objetivo del Mercantilismo. Según él, pretendía servirse de las fuerzas económicas y de los intereses del Estado, no en interés de los súbditos directamente, sino para fortalecer el poder mismo del Estado, pero referido al exterior, frente a otros Estados. El poder del Estado en el interior, frente a sus súbditos, quedaba en segundo plano, a menos que se tratase de la necesidad de la ingerencia del Estado para alcanzar los fines perseguidos, aspecto que constituía, en realidad, un efecto de la acción unificadora.
Así pues, Heckscher definía le Mercantilismo en dos planos, perfectamente armonizados y, aunque distintos, de indisoluble conexión: el Mercantilismo desde el punto de vista de unificación (orientación de la política interior) y del poder (fin política exterior de los Estados), de modo que cada estado debía aspirar a un mínimo de unidad económica y de poder exterior. De esta forma, Heckscher señalaba la diferencia con el Liberalismo, apuntando en los fines legítimos de la acción económica del Estado. Mientras el Mercantilismo sólo se interesaba por la riqueza en cuanto fundamento del poder del Estado, el Liberalismo consideraba la riqueza como algo valioso para el individuo y, por tanto, digno de ser apetecido. Sin embargo, para él coincidían en que la riqueza es el centro del interés, del pensamiento y de la acción, más que su destino final. El Mercantilismo, por lo tanto y según Heckscher, revelaba también una cierta unidad de concepción respecto a los fenómenos generales de la sociedad, en cuanto afectan éstos al campo de la economía, lo cual repercutía también en la fisonomía de la política económica. El Mercantilismo guardaba, según él, con las concepciones de la época posterior una relación que contrasta con la de doctrina puramente económica.
En relación con Heckscher, Schmöller defiende su vertiente como sistema unificador en su obra El sistema mercantil en su unificación histórica (1884), mientras que Cunningham lo hace como sistema de poder en The Growth of English Industry and Comerse (1882).
Dentro del siglo XX, fue a partir de 1931 cuando empezaron las críticas al Mercantilismo, y en concreto a Heckscher, de la mano de Jacob Viner (en su obra Studies in the theory of internacional trade (1937) y en su artículo Power versus plenty as objectives (1948) y Coleman. Para ambos el Mercantilismo no constituyó nunca una Escuela, sino que únicamente fue un conjunto de pensadores elaboradores de una serie de prácticas económicas con el objetivo de aumentar la riqueza para su rey. Para ambos el Mercantilismo es una construcción a posteriori, desde finales del siglo XVIII. Sí afirman que existieron autores, peor su construcción como escuela fue una invención y no suponía un paso adelante en el pensamiento económico. Coleman, en concreto, no sólo pone en duda la existencia de tal escuela, sino que considera que es muy improbable que pudiera florecer y mantenerse durante casi dos siglos una corriente de pensamiento en la que sus supuestos miembros con formaciones culturales y lingüísticas tan diferentes, se hallaban esparcidos por los distintos estados europeos, ignorándose los unos a los otros.
En 1994, el sueco Lars Magnusson reivindicó la validez y utilidad de del término “mercantilismo” para explicar el discurso económico de lo siglos XVI-XVII-XVIII, sin rechazar los argumentos escépticos de sus predecesores.
En contraposición a Roscher, Perdices de Blas y John Reeder ponen en duda la forma en como presenta su argumento. Para ambos autores el mercantilismo no existió como un cuerpo bien elaborado y coherente de doctrinas a las que se adscribe una escuela de pensadores, pues los escritos mercantilistas que han llegado hasta nosotros son la mayoría monotemáticos, estudios simplemente coyunturales parciales que tratan aspectos muy concretos de la economía o bien enumerando los problemas sin establecer un “modelo” interrelacionador de las variables determinantes, no existiendo ningún tratado mercantilista de conjunto. Ambos autores critican incluso el propio término a posteriori “mercantilista” que defendió Magnusson, afirmando en su contra que produce confusión al no ser los mencionados escritos ni guías de conducta para intermediarios comerciales, ni tratados escritos por mercaderes. Únicamente son arbitrios redactados por especialistas para atraer la atención del monarca o de los hombres de Estado, que sí tratan de los temas que Roscher resume, pero únicamente de forma específica y concreta, nunca como un todo unificado e interrelacionado, sólo coyunturalmente y con carácter de política económica, no de teoría económica. Aparte, su fin último no es alentar el comercio y favorecer a la clase mercantil, sino simplemente consolidar el poder del Estado (el Leviatán de Hobbes) por medio del fomento de la economía.


Para Keynes, en su obra Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (1936) alaba a los mercantilistas el haber descubierto la clave del problema de económico del ahorro, en el sentido de que la propensión al mismo sea más fuerte que el estímulo de inversión, pues en una sociedad en la que o existían inversiones públicas ni política monetaria, el proponer una balanza comercial favorable que permitiese la entrada de metales preciosos y el que dicha entrada permitiese a su vez isminuir los tipos de interés, estimularía la inversión y el empleo. Blaug (1985) le critica en el sentido de que no existen pruebas en la literatura mercantilista para deducir que la preocupación por una balanza comercial favorable tuviese relación con el reconocimiento de que le desempleo se debe a la escasez de demanda efectiva. Sin duda Keynes hablaba influenciado dentro del crítico período económico de entre las dos Guerras Mundiales.
Grampp, en su obra Los elementos liberales en el mercantilismo inglés (1971), profundizando con Heckscher, señala que los mercantilistas anticipan muchos de los elementos importantes de la doctrina económica clásica, tales como el interés, el mecanismo de los precios, la ventaja mutua en el intercambio y del lugar que ocupa el Estado en la organización económica. Lo que les separa con el Liberalismo es la diferencia entre sus proyectos para promover el interés nacional, para lo cual, según él, creían en una economía próspera y de pleno empleo. Para conseguir éste realizaron medidas para incrementar el gasto total de la economía, actuar sobre los precios y salarios e influir sobre el nivel de los tipos de interés y sobre la oferta de trabajo. Grampp, en este sentido, considera a los mercantilistas como precursores del pensamiento liberal.
Para el Premio Nobel George Stigler, los autores mercantilistas carecían de acervo científico porque no se leían unos a otros y, por lo tanto, no podían debatir entre sí, ni tenían referencias con las que refinar sus hipótesis y contrastar ideas y resultados, posible causa de que no existan importantes innovaciones teóricas en la época denominada “mercantilista”. Sin embargo, Perdices de Blas y John Reeder rebaten esta teoría, afirmando que sí existieron intercambios y debates coyunturales, señalando como ejemplos autores de Inglaterra y de la Monarquía Hispánica, indicando que a los autores a los que Stigler se refería eran los que califican de “espontáneos arbitristas”.
Por último, señalar la opinión de dos historiadores españoles sobre el Mercantilismo. Según Salvador Giner, el Mercantilismo, más que una sola doctrina, es un conglomerado de ideas que varían según el momento y, en especial, según los países y, aunque las diferentes obras que hoy calificamos de mercantilistas pretendieran hacer un análisis racional de la situación económica, tampoco se percibe un verdadero esfuerzo en constituir una ciencia de la vida económica. Al principio, el Mercantilismo no pretende demasiada autonomía, sino que se presenta a sí mismo como ayuda a la política fiscal del estado absolutista, con el que permanece unido. Y frente a la fragmentación de las economías feudales, el escritor mercantilista influye sobre la economía de la nación, a través de las decisiones del príncipe, de modo que la mayoría de los escritos mercantilistas van dirigidos a él. No obstante, afirma que se trata de una época de transición del feudalismo al capitalismo (siglos XV-XVII), época en la que empieza a tejerse una red mundial de interdependencias, de ahí que surja el Mercantilismo centrado en las arcas reales, el poder del príncipe y el poderío de su reino, fomentando, a su vez, la rivalidad entre los estados y su unidad interior.
Para Iglesias Rodríguez, el Mercantilismo no constituye exactamente una escuela sistemática de pensamiento económico, sino que se presenta como un conjunto de ideas y prácticas en el plano de la política económica, encontrando lógico que los príncipes se fijaran en la riqueza como medio de poder, dado que sólo el dinero podía costear semejantes programas de gobierno de los Estados de la Edad Moderna. Esta combinación de ideas y prácticas estaba definida por una serie de características comunes, que él establece en las siguientes: fomento de la economía nacional y fomento de los intereses propios (promover el crecimiento material de los súbditos como condición indispensable de su propio poder), proteccionismo e intervencionismo (que, según él, sí favoreció a la burguesía mercantil y financiera, al permitirle disfrutar de condiciones ventajosas derivadas de la protección estatal), metalismo, balanza de pagos favorable como fin (leyes aduaneras orientadas a ello), medidas productivistas y poblacionistas y el colonialismo (en el sentido inglés, arriba descrito, del comercio exitoso gracias al control efectivo de áreas comerciales. Por último, para este autor el Mercantilismo no sólo promovió la rivalidad entre estados, sino que dio paso a la aparición de las guerras económicas.
Como conclusión, podemos señalar que el llamado “mercantilismo” no sólo es una construcción a posteriori creada por los fisiócratas y Adam Smith en la segunda mitad del siglo XVIII en una atmósfera de reforma del Antiguo Régimen en todos sus ámbitos, sino que nuestra percepción de él depende precisamente de cómo se ha ido construyendo su debate desde dicha centuria. Con todo este elenco de autores la pretensión es hacer ver cómo el debate sobre el Mercantilismo (escuela, teoría o tendencia o práctica económica) aún sigue abierto.

jueves, 1 de noviembre de 2007

LA INFLUENCIA RELIGIOSA SOBRE LA ECONOMÍA Y LA USURA.

La Iglesia y su poder.

La Iglesia a lo largo de la historia ha tenido una gran influencia espiritual, pero durante la Edad Media se caracterizo por su enorme poder político y económico. Algunos autores como Bühler (1977) han dejado señalados algunos de los aspectos empleados por la Iglesia para hacerse con el poder y de ese modo extender su influencia sobre el mundo medieval.
Los papas buscaban extender todo lo posible su poder secular incluso llegando a tutelar reino y gobiernos. En cuanto a las ordenes monacales, pese a sus votos de pobreza, llegaron a formar inmensas corporaciones donde llegaron a establecerse miles de miembros.

Los monasterios aumentaban constantemente sus posesiones terrenales, los que hacía que se convirtieran en muchas ocasiones en dueños y señores de importantes latifundios, lo que les permitía intervenir en política, economía así como servir de consejeros en los principados. Autores escolásticos como Santo Tomás de Aquino han logrado mediante sus textos combinar el ascetismo y dominación del mundo a través de elementos jurídicos, políticos, teologales y económicos, con la justificación final de que todas estas pretensiones de dominación tanto en cultura, economía, enseñanza... se debían a la búsqueda de un sistema universal en el que el orden social fuera armonioso y equilibrado.

Para los filósofos escolásticos el individuo debía aceptar su condición social, porque ese era su papel en este sistema universal armonioso, lo cual implicaba que la Iglesia aceptaba como normales las diversas y numerosas desigualdades sociales. Se basaban en la idea de que el bien de cada parte equivalía a conseguir el bien del todo. Para estos autores la justicia era por lo tanto que cada individuo aceptase su condición por el bien común, es decir las desigualdades sociales eran necesarias para poder llegar a formar ese mundo armonioso del que Santo Tomás de Aquino nos habla, por lo tanto no es de extrañar que fuera la Iglesia, conocedora de estos aspectos, la que intentará dominar en todos los ámbitos mundanos, es decir, en la sociedad, la política, la economía.

Estos intentos de la Iglesia de hacerse con los poderes seculares y de dominar las pautas de gobierno y economía de la sociedad hizo que los poderes terrenales, es decir que los reinos se enfrentarán a ellos en numerosas ocasiones, sobre todo a lo largo del siglo XIII.
La Iglesia era en el período medieval una institución con mucha fuerza y con no menos importancia, cuya manifestación más clara de poder se aprecia claramente en las enormes cantidades de tierra que llegó a controlar. Hablamos de que los monasterios más pequeños y de menor influencia contaba aproximadamente con unas 4.000 hectáreas cultivables y por lo tanto productivas, pero si nos referimos a los monasterios de veras influyentes podemos hablar de una cifra bastante más amplia, de unas 40.000 hectáreas productivas. Estas cantidades demuestra que no solo la Iglesia tenía como máxima ambición alcanzar todos los poderes, sino que se lo podía permitir por verse en situaciones económicas muy favorables, y siendo apoyadas por la mayor parte de los fieles, recordemos que nos encontramos en una época en la que es la Iglesia la que impone las tradiciones y las normas sociales, lo que nos indica que en muchas ocasiones la Iglesia cuenta con más apoyos que la Realeza.

La tierra se repartía en lotes y parcelas trabajadas por siervos y colonos, dichas tierras se encontraban dentro de aldeas y muchas veces aparecían mezcladas con las tierras de los pequeños campesinos. Estas posesiones seguían la normativa del derecho consuetudinario a usufructuar comunalmente los bosques y los pastos. Los monasterios seguían las normas de producción que otros señores laicos, y a ellos les servían siervos y campesinos sujetos a prestaciones personales hacia ellos, tal y como ocurría con las relaciones de vasallaje entre un señor laico y un campesino. También practicaron la entrega de ciertas tierras a campesinos a cambio de prestaciones y tributos, así como a través de contratos de arrendamiento tanto de corto como de largo plazo.

Muy pronto estos monasterios se comenzaron a organizar en grupos artesanales. Al principio estas organizaciones se encargaban de abastecer las necesidades más elementales, pero bajo la idea de que la autarquía era, solo eso, un ideal la artesanía clerical va a ir aumentando apoyándose también en las nuevas formas de fabricación.
Pronto surge la especialización de estos tipos de trabajo, la división del trabajo y la asignación de tareas, ya que todo el mundo no trabaja cualquier cosa, es decir se establecía en los diferentes puestos de trabajo a personas capacitadas para llevarlos a cabo, como ejemplo más claro y llamativo está el establecimiento de gineceos en los que las mujeres se dedicaban a tejer y a hilar ropajes.
Estas nuevas actividades de producción se hacían en numerosas ocasiones dentro de los mismos monasterios, como ejemplo la Orden Cisterciense que logró aumentar y expandir sus tierras actuando en aquellos espacios donde habían conseguido derechos señoriales, mediante la compra de la propiedad dominical donde ya tenían la jurisdicción. Una vez logrado este objetivo, se dedicaban a reordenar la parcelación y la producción. Sus granjas combinaban la producción de cereales, pastoril y vitícola, con la metalurgia; orientando la producción de centeno, queso, leche y mantequilla, hacia el consumo del monasterio, y productos como la carne, la lana, trigo y vino a los mercados regionales.
Esta artesanía pronto provocó que dentro de los monasterios se crearan manufacturas para ser exclusivamente vendidas al exterior, además la gran organización de los monasterios les permitió comerciar de forma independiente en mercados y ferias, y establecer y ofrecer servicios de transporte.

Pronto los monasterios se convirtieron en centros encargados de la producción y venta de determinados productos como la lana, destaca una orden monástica española, que durante el siglo XIII, logró apoderarse de gran parte de los mecanismos locales de circulación de la tierra y consiguió hacerse con más medios de producción que la comunidad campesina alrededor de la cual estaba asentado; también acumuló derechos de aprovechamiento de tierras comunales, bosques y pastos en cantidades superiores a cualquier otro particular, por lo que en los marcos políticos en los que se producía la negociación, producción y distribución de recursos y bienes, jugaban indefectiblemente a favor del monasterio.
Según Echegaray (1999) estas actividades conllevaron a un sistema altamente ineficiente en términos económicos, pues el proceso se orientó hacia la consolidación de una gran propiedad monástica acumuladora de renta con fines suntuarios, en desmedro de la pequeña propiedad campesina, que necesariamente adquirió un perfil de mera subsistencia, tal y como había ocurrido durante la Alta Edad Media.

Doctrinas económicas difundidas por la Iglesia.

Gracias a los filósofos y teólogos escolásticos se puede observar la evolución del pensamiento económico de la época medieval, y que estuvo controlado y también implantado por este grupo religioso de pensadores.
Dicho pensamiento a su vez se vio sometido a la tradición y a la influencia del pensamiento aristotélico, intentando mezclar diversos preceptos éticos e ideas de la religión cristiana.
El crecimiento económico que se produce durante los siglos XII y XIII, va a poner en peligro los viejos valores cristianos, obligando a los teólogos a dotar de mayor flexibilidad sus concepciones económicas sobre todo a aquellas que se refieren a la determinación del valor de las mercancías, cuyo tratamiento está implícito en la idea del "justo precio" y en su condena a la usura y el cobro de interés.

La principal preocupación de los escolásticos era la búsqueda de las nociones de equidad y justicia en cuanto a la determinación de los precios y salarios.
Fue el desequilibrio en el poder de negociación que se manifestaba entre vendedores y compradores de mercancías, o en el terreno de fijar los salarios del trabajador, lo que hizo que se planteará el tema de la equidad y justicia de los precios.
Es el filósofo Santo Tomás de Aquino, el promulgador de la teoría de "justo precio" y el máximo condenador de la usura.

Santo Tomás de Aquino.

Nació en Rocaseca, Nápoles, en 1225 y murió en Fossanova el 7 de marzo de 1274, cuando iba a participar en el II Concilio de Lyon. Hijo del conde Aquino, estudio en el monasterio de Montecasino para después proseguir sus estudios en la universidad de Nápoles. En el año 1244 tomó el hábito en la Orden de los Predicadores, donde conocerá a Alberto Magno y con el que estudiará en Colonia.
Fue filósofo y teólogo medieval, basó su doctrina en la tendencia escolástica siendo una de sus máximos representantes, fue el primer representante de la teología natural y es el padre de la escuela Tomista de filosofía. Fue profesor de teología en diversas universidades destacando París, Roma, Bolonia o Nápoles.
Autor de numerosas obras y de gran calidad, destaca como su obra más importante es "Summa Theologica", donde habla de Cinco Vías para demostrar la existencia de Dios, y en el que se incluyen otros aspectos como la economía, dentro de la cual critica la existencia de la usura, lo que condena como pecado por incumplir las exigencias de Dios, además reflexiona sobre el fraude cometido en las compras y ventas, sobre los cambios económicos de su época fijándose en la expansión del comercio, en la aparición de los créditos. En el año 1323 fue canonizado y desde 1567 declarado Padre de la Iglesia, Patrón de las Universidades y Centros de Estudios católicos, en 1880. Su fiesta se celebra el 28 de enero por la mayor parte de las universidades, entre la que destaca la de filosofía y letras, por ser Santo Tomás de Aquino un hombre de letras.


El justo precio.

No es una teoría del valor, constituye una serie de reglas de lo que estaba prohibido o era ilícito realizar en una transacción, como comprar un bien con el objeto de venderlo a un precio superior. Constituye un elemento virtuoso. Preceptos similares conducían a establecer salarios justos para los trabajadores.

Santo Tomás de Aquino fue el primer escolástico en lanzar una teoría sobre el precio justo pero nunca llegó a establecer los mecanismos necesarios para el funcionamiento del mismo.
Otros escolásticos consideraban los aspectos referentes al trabajo, los costos, y los beneficios "legítimos" del productor, pero no llegaron a los convertirlos en elementos decisivos en la determinación del valor de las mercancías. Por encima de estos aspectos se establecieron ideas morales y religiosas que eran de obligatorio cumplimiento para los cristianos que realizaban cualquier tipo de actividad económica o establecían un contrato, a riesgo de sufrir la condena moral y religiosa de su comunidad.
Una de las cuestiones más importantes relacionadas con la moral religiosa y con la economía cristiana es la Usura.



Usura.

Hunde sus raíces en los escritos de tradición cristiana en los que también se menciona el "justo precio", y que son motivados por autores como Santo Tomás de Aquino al cual nos hemos referido anteriormente, que consideran tal acción como algo perverso, negativo que debía imponerse en la ley civil, en la religiosa ya lo estaba (aparece referido en la Biblia), como una prohibición condenable por delito.
Mientras el uso y la circulación de la moneda tuvieron un carácter limitado la cuestión de la usura permaneció en un segundo plano, pero al acelerarse el uso de la moneda y del crédito a partir de la segunda mitad del siglo XII, la postura de la Iglesia al respecto se hace menos radical, debido a los propios intereses religiosos.

Durante el siglo XIII se puede observar que la Iglesia ha abandonado la condena absoluta de la usura por preceptos más tolerantes, lo cual se debe a los intereses de la propia Iglesia, ya que no hacer uso de la usura significaba un retroceso económico para los monasterios y demás conjuntos eclesiásticos, lo que implicaba que fueran otras instituciones no temerosas ante esta práctica las que se hicieran con el poder.
Para justificar el abandono de la crítica y condena de la usura surge una diferenciación entre usura e interés, de manera que se denuncia fundamentalmente los excesos en el cobro de interés, al usurero manifiesto. Por el contrario, para dar relevancia al concepto de indemnización, de remuneración del trabajo, y del riesgo, los escritos escolásticos comienzan a revelar justificaciones para la percepción de un interés.

En el siglo XV se crea como justificación la idea del Lucro Cesante, que no es otro cosa que los costes de oportunidad, lo que se deja de ganar al no invertir, es decir, si yo tengo una cantidad de dinero y la invierto toda en una misma cosa, ese dinero no podrá darme ningún beneficio en otras actividades, excepto en la actividad que lo he invertido. Existían diversas formas de manifestar y de entender este lucro cesante, que en definitiva servía para legitimar los intereses, para dar cierta seguridad al inversor al que se le permitía imponer una cantidad de intereses para evitar una pérdida total.
Esto implica considerar como lícitas algunas operaciones como la renta consolidada, el cambio y las sociedades de comercio.
Gracias a la no condenación de la usura se produce la rehabilitación de trabajos anteriormente menospreciados y el trabajo se convierte en una fuente de riqueza y de salvación, al mismo tiempo que se justifica la obtención de beneficios generados a partir del ejercicio de las actividades profesionales.

El rechazo de la Iglesia hacia el mercader va cediendo poco a poco y se deja por sentado que los individuos dedicados al comercio trabajan al servicio de la sociedad y en función del bien común.
Pese a todo no se puede decir que se eliminaran concluir todos los obstáculos morales y religiosos que afectaban el comercio y las operaciones financieras. La prohibición, al menos en teoría, de operaciones como la venta a crédito o la venta simulada de un bien, revelan las limitaciones que existían respecto a la percepción sobre aspectos inherentes al riesgo y la obtención de beneficios.
Finalmente hay que señalar que pese a que la Iglesia monopolizó durante la Edad Media el pensamiento dirigido a explicar y justificar las actividades mercantiles, financieras y de trabajo, no se puede decir que durante esta época se creará una verdadera doctrina económica, ya que los filósofos de la época se limitaron a criticar ciertos aspectos económicos considerándolos poco ortodoxos, pero nunca llegaron a crear una verdadera doctrina económica definiendo y estableciendo normas generales de comercio, y por lo tanto de economía.

La Iglesia nunca abandonó sus posturas moralizantes respecto a las actividades productivas, especialmente las financieras. Cuando el monje escolástico Nicolás de Oresme, advirtió hacia mediados del siglo XV sobre lo insano que resultaba para la actividad económica las prácticas muy comunes entre los gobernantes dirigidas a alterar y manipular las monedas, su preocupación fundamental era introducir la sanción moral y la razón en las prácticas monetarias de la monarquía, porqué para él el príncipe era el máximo responsable de la moneda, y por lo tanto debía protegerla, fijar su valor, tanto intrínseco como nominal, tenía que garantizar la estabilidad de la misma, y por supuesto no manipularla, las devaluaciones eran perjudiciales para el pueblo y el rey debía favorecer principalmente los intereses del pueblo.
La misma idea tenía sobre el comercio, en el que él príncipe debía actuar como máximo propulsor para aumentar las riquezas del reino y de este modo el bienestar del pueblo y el aumento de las arcas reales. Hablamos del principio del mercantilismo.

Nicolás de Oresme.

Nació en el año 1323, y murió un 11 de julio de 1382. Se le considerá un genio intelectual, y uno de los máximos y más llamativos pensadores del siglo XIV. Fue un gran economista, matemático, físico, astrónomo, filósofo, psicólogo y musicólogo. Teólogo por excelencia, llegó a ser obispo de Lisieux, y consejero del rey Carlos V de Francia.


La Usura en la actualidad.

La definición actual de usura es que esta consiste en el cobro de tipos de interés desmesurados o excesivamente altos sobre los préstamos. El término no tiene mayor significado en economía, pues los análisis teóricos establecen que el precio del dinero se fija, como el de cualquier otro bien, de acuerdo a las fuerzas que concurren al mercado. Si el mercado de dinero es libre, será la conjunción de la oferta y de la demanda las que determinarán el tipo de interés. En una situación de información perfecta, y si se cumple todos los requisitos de los mercados de libre competencia la usura no podría existir.

Actualmente y en caso de máxima pobreza están documentados distintos casos de préstamos (usura para los medievales) que tiene como interés la fuerza del trabajo del individuo al que se ha otorgado dicho préstamo, esto ocurre entre aquellas asociaciones que transportan inmigrantes, a los que someten a la esclavitud si no logran para dicha deuda. Como ejemplo más exagerados se conoce que en lugares de África y de Asia, se garantiza como tipo de interés la entrega de losl interés o el préstamo se pasa por alto los derechos fundamentales del ser humano.